Entre la sal y el velo de la novia


La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) ha otorgado el título de Reserva de Biósfera al área denominada Oxapampa-Asháninka-Yánesha, ubicada en Pasco.

La reserva abarca un territorio de 1’800.000 hectáreas e integra cuatro áreas naturales protegidas: el parque nacional Yanachaga Chemillén , la reserva comunal Yánesha, el bosque de protección San Matías San Carlos y la reserva comunal El Sira.

En parte de este territorio habitan las etnias Yanesha y asháninka que forman parte de la familia lingüística Arawac, en la selva central.

¿Cómo vivían estas comunidades antes de la llegada de los evangelizadores españole del siglo XVI?. La respuesta es una sola: libres. Con los templos y las oraciones llegaron los comerciantes, ávidos de apropiarse de las riquezas de la superficie y del subsuelo. LA PRIMERA cosa que llamó la atención fue el trueque que hacían los nativos con comunidades andinas con la sal, que era extraída de una veta de sal gema, a la cual denominaron el cerro de la sal.

Según fuentes históricas, “A partir de 1635, los asháninkas comenzaron a ser evangelizados por dominicos y franciscanos, siendo estos últimos quienes constituyeron efectivamente la presencia del Estado colonial español en dicho territorio. Los franciscanos fundaron inicialmente una misión para los campas y amueshas cerca del actual pueblo de La Merced, trazándose por objetivo el control del Cerro de la Sal para así tener bajo su dominio el intercambio de bienes entre las etnias de la Selva Central y ejercer su poder sobre éstas”.

Claro que entre los bienes del espíritu, los evangelizadores y los colonos prometían el paraíso celeste a los nativos pero ellos se quedaban con sus tierras y su riqueza. ¿Tienen derecho los nativos amazónicos de desconfiar de los herederos de aquel lejano estado colonial?. Ellos saben que sí. Antes era la sal, ahora es el petróleo, el gas, el oro y la minería salvaje. Los nuevos colonizadores dicen: “Ustedes son dueños de su territorio, pero no del subsuelo”. El subsuelo será de quien pague mejor y los beneficios nunca serán de los nativos que habitan estos territorios desde tiempos inmemoriales.

Hubo levantamientos sangrientos para expulsar a los curas y sus misiones evangelizadoras, como el de Fernando Torote, jefe asháninka que quiso rescatar el cerro de la sal. Pero la ambición puede más. En 1739 había 38 misiones con 8,500 nativos, pero las epidemias y la sobreexplotación diezmaron a los más débiles. La rebelión de Juan Santos Athaualpa, terminó con la actividad misional y los colonos por casi 100 años.

Otro dato histórico: “Fue sólo en 1869 que la resistencia armada de los asháninkas se vio quebrada en el valle de Chanchamayo y se fundó en ese año la ciudad de La Merced no lejos del emplazamiento de la antigua misión franciscana de Quillazú. Las hostilidades continuaron hasta el establecimiento en 1889 de la Peruvian Corporation, empresa de capitales ingleses a la que se le concedieron 500 000 hectáreas en las márgenes de los ríos Perené y Ene en el territorio asháninka. Con esta concesión se inició en la Selva Central la penetración colonizadora que continúa hasta nuestros días”.

En la actualidad, las acciones de exploración de hidrocarburos en las cuencas de los ríos Ene, Tambo, Perené y Pichis representan nuevos riesgos para la sociedad asháninka.

Pero la selva central ya está abierta y las comunidades asháninkas y Yáneshas buscan integrarse a la globalización explotando algunos recursos turísticos, mientras un velo de impunidad se esconde bajo el velo de la novia, la espectacular catarata de la selva central.

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