La hija de la selva que desafió a Lula

Dos mujeres con vidas opuestas se topan en la encrucijada política que decidirá el futuro de Brasil. Paradójicamente la de Marina Silva tiene más en común con la de Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente que ha elegido a Dilma Rousseff para sucederle.
Como él, Marina Silva tuvo una infancia analfabeta que luego trató de compensar devorando libros el resto de su vida para compensar los años perdidos, dieciséis en su caso. Si Lula nació en un poblado pedregoso de Pernambuco (Caetés-Garanhus), de donde salió huyendo de la hambruna, Marina lo hizo en una aldea del Amazonas (Breu Velho) escapando de las enfermedades. Cinco malarias, tres hepatitis y un sinfín de males tropicales le han dejado un aspecto frágil y una voluntad férrea a la que acompaña su voz dulce, en contraste con la brusquedad de su rival, que tuvo una infancia aburguesada.
Lo que acabó por arruinar su salud fueron los vertidos ilegales de la industria minera en los ríos de la selva, que le provocaron un envenenamiento de mercurio. No es de extrañar que esta hija del Amazonas lleve la protección al medio ambiente tatuada en su cuerpo y sanada por los cánticos chamanes de su tío, que interpretaba la Biblia y los santos a su manera, lo que quizás explique que ella misma buscase su fe entre católicos y evangélicos, convirtiéndose a estos últimos en 1997 durante una de sus graves enfermedades. Pero probablemente no hubiera enfocado esa pasión hacia el activismo si no hubiera tropezado con otra corriente que la conecta con el pasado de Lula, la Teología de la Liberación.
Llegó a ella gracias al legendario activista Chico Mendes, que murió asesinado en 1988 en una emboscada que le tendieron los latifundistas contra los que luchaba por devastar la selva. A él le ayudó a fundar la Central Única de Trabajadores en 1984, un año antes de unirse al Partido del Trabajo (PT) que había constituido Lula.
Si él empezó de limpiabotas y mecánico para llegar a convertirse en presidente de la república, ella empezó limpiando casas y acabó convirtiéndose a los 36 años en la senadora más joven de Brasil. Todos los ecologistas aplaudieron sus elección para ministra de Medio Ambiente cuando Lula llegó al poder en 2003, pero el presidente también eligió a Rousseff como ministra de Energía. Las agendas de ambas resultaron incompatibles. Esta última, convertida después en mano derecha del mandatario como jefa de gabinete, desde donde impulsaba políticas de desarrollo económico que asfaltaban el Amazonas y destruían comunidades para construir hidroeléctricas, acabó llevándose el gato al agua.
Dimisión
Marina dimitió en 2008 «por desacuerdo con una concepción del desarrollo centrada en el crecimiento material a cualquier coste, con ganancias exacerbadas para pocos y resultados perversos para la mayoría», ha escrito en su biografía oficial. En una carta personal a Lula explicó aún más claramente que el motivo de su dimisión era la imposibilidad de llevar a cabo la agenda medioambiental propuesta ante las trabas que le presentaban otros miembros del Gobierno.
Poco después renunció a la militancia en el PT y adoptó al Partido Verde para presentar su candidatura presidencial, con un vicepresidente también recién llegado a la política y al partido, Guilherme Leal, copresidente del consejo de administración de la empresa de cosméticos naturales más grande de Brasil, Natura. Sus críticos les llaman con desprecio eco-capitalistas.
Su carrera hacia la presidencia está agotada para estas elecciones, pero con apenas 52 años y el impresionante respaldo de los diecinueve millones de votos que acaba de obtener nadie duda que volverá a estar presente en las próximas elecciones y, quien sabe. A Lula le costó cuatro intentos.

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